13.9.12

La búsqueda eterna



Dejaré de buscar
cuando deje de respirar.
Mientras tanto
espero y oteo el horizonte,
miro al suelo,
puede que haya
                a l g o.

Se amontona el polvo
sobre
las antiguas ilusiones,
suena la corriente del río
que trae tu voz.
Arriba los truenos y los relámpagos
iluminan la tierra gris,
atravesando el aire y acompañándolo
en su viaje
los graznidos de los cuervos.
El agua refleja pequeñas luces,
golpean tus gesto y
tu mirada,
yo observo esperando
encontrar
                a l g o.
Saltan los ruidos y las teclas de piano
deciden ser adoquines.
La piel que bebe la tinta,
las cicatrices que cuentan historias,
las venas rotas,
sigue vagando el meteorito
soñando con el impacto,
igual que el camino
que recorre el tigre
cuando está cansado.
igual que el último pájaro de escarcha,
la voluta de humo púrpura,
la caída del jarrón de porcelana,
los arañazos en la espalda,
la casa a cuestas,
el jurado y los testigos,
la prisa.
Hay
                a l g o.
Y todavía
no sé qué es.

12.9.12

El ratón no come, el gato no sueña



El ratón no come,
el gato no sueña
                y yo
ya
                no caigo de pie,
nunca
                ya
caigo ileso.
Escucho los maullidos, las gotas
golpeando el cristal.
Hay silencio en medio
de la tempestad, las
luces rojas,
las luces arañan las
retinas.
Las luces atraviesan
                el cuarto partiéndolo en dos.
No logro entender
el significado de las demás palabras,
de las palabras que llegan.
                De las palabras.
Miro hacia los lados,
la misma pared, el mismo
techo.
Las mismas grietas,
dentro y fuera,
las mismas nubes y el mismo aire,
que ya empiezan a perder color.
Las manos agarran los tobillos,
                los agarran sí e impiden
avanzar, me agarran y me impiden avanzar,
estalla la voz dentro
de la garganta.
La voz que pide a gritos
solo un minuto de pensamiento.

El ratón no come,
el gato no sueña
                y la elección
es un andén
                y mientras
los pies
                se me entierran en la arena.
Sí, se me entierran.
hay lluvias de ranas y
la tensión de la tensión eléctrica está
creciendo, y
                creciendo
y creciendo.
Mientras tanto el mundo sigue
sin sentido y tan frágil
que cada vez que cierro los ojos
                desaparece.

7.9.12

La crisis del día a día



Ya no sirven las excusas,
ya estoy despierto.
Observo desde lejos y desde
la altura de la piel
la crisis del día a día.
Observo los ojos que se cierran
con cremallera
para refugiarse
una vez más del temor.
Siento la vibración del tambor
de la guerra,
los pisotones de los elefantes por los jardines,
y el vapor, denso como tela, envolviendo
los callejones.
Los gatos apostando sus vidas
por la ciudad,
y las farolas
que son faros
para los que andamos perdidos
y solo buscamos
un poco de luz
en este mar nocturno
lleno de ruido, por el que
Caronte pasa a veces
silbando la melodía
que trae la tormenta interna
y el desastre secreto,
mientras no para de remar.
Escucho el sonido,
y el infernal rugido de motor
y los frenazos de las vidas,
de la fortuna,
de las almas.
Impactan los sueños contra muros de piedra,
el corazón golpea como loco
para salir cuanto antes
de su jaula de costillas.
Se oye claro el murmullo
de las sonrisas atornilladas y los
besos que saben a metal.
Y al andar se escucha el chocar
de tuercas y tornillos,
el horizonte solo son azulejos
muy lejanos
y el  césped es ya
atificial.

Ya no sirven las excusas,
observo en silencio el chaparrón
de gotas de lluvia parecidas
a notas de música
que dan sus vidas saltando al vacío
para pedir silencio.
Y entre su golpe sordo,
y entre sus cuerpos,
las botas de agua se afanan en pisar los charcos.
Las calaveras no sonríen en los cementerios
ni tampoco escuchan,
y si pudieran solo pedirían a todos
que se alejen
y que les dejen descansar.
Observo la crisis del día a día
del continuo incendio forestal
en los bosques de ideas,
de las borracheras de derrota
cuyas resacas no se van.
Y los caminos se bifurcan y no
hay nada que no pueda hacer.
Tu fallo hace mella y
alejas al refugio en vez
de acercarte a él.
Apartamos a la fuerza aquello
que queremos cerca.
Repitiéndose todo una vez más.

6.9.12

Dijeron que era vida



Hay un momento insensible
justo cuando el dolor pasa.
Un instante que
a veces se alarga más de lo debido.
Es como mirar una ciudad desde mucha altura,
todo queda tan lejano
que no importa nada
En absoluto.

Hay un momento distinto
justo cuando el amor entra
por la puerta.
Los barcos parecen zarpar
y siempre es medianoche.
Con el ruido de los grillos
y las cigarras.
Con el murmullo del viento entre los árboles,
y la terrible sospecha de que al fuego
lo mata el agua.

Hay un momento de terror y tranquilidad
y justo después no hay más momentos.
Y sin certezas, nos rodea
la incógnita sobre
qué habrá después
de dejar de respirar.
El polvo o el cielo,
la nada o el fuego y
la obsesión que guardamos en secreto
sobre si hicimos lo que debimos
o lo que quisimos.
A veces nunca se hace
ninguna de las dos.

Hay un momento incomprensible
cuando todo sigue sin que nosotros
podamos continuar.
Y todo continúa con una de nuestras huellas
que se tarda más o menos tiempo
en borrar.
Pero todo continúa
siempre igual,
justo como ahora mismo
continúa,
Igual, igual, igual.

5.9.12

Uroboros III


Al llegar estaba solo. Dije su nombre unas cuantas veces pero nadie respondió. El aire entraba frío por las ventanas abiertas para crear corriente. El blanco de la pared parecía más blanco de lo habitual, casi iluminado. El silencio era casi materia, lo notaba como una sábana echada por encima. Entonces vi el papel. El pequeño trozo de papel estaba doblado por la mitad sobre el mueble de la entrada. En él, escrito a mano, se leía:

Se ha hecho tarde

Lo dejé caer de entre los dedos. El significado era claro y letal. Era un martillazo. Un final escrito a mano en una nota doblada sobre el mueble de la entrada. Ella se había ido y yo me sentía terriblemente cansado, como, si de repente, una aspiradora me hubiera succionado la energía. La visión empezó a emborronarse. No comprendía nada. Era una persona que había salido de un hogar y había vuelto a una casa vacía. Antes de pensar en la soledad, en el desamor, en la ruptura. Antes de pensar adónde había podido irse ella, antes de cualquier pensamiento, solo pude obedecer al cansancio. Me quité los zapatos y me tumbé en el sofá. Al cerrar los ojos me abrazó un sueño oscuro como el interior de un pozo sin agua. Un sueño lento y sordo como el vaivén del péndulo de un reloj. 

Al despertar seguía cansado pero era más llevadero. Había oscurecido. No puede evitar pensar:

Se ha hecho tarde.

Me incorporé despacio y apoyé los codos sobre las rodillas y, a su vez, la barbilla sobre las palmas de las manos. ¿Y ahora qué? Me dije, no tenía ninguna gana de levantarme. No tenía ninguna gana de mirar alrededor. Todo me recordaba a ella, a los días años atrás donde la tinta corría, donde la vida corría y bailaba dándonos la mano. No quería ver las fotos, no quería ver el hueco del armario sin su ropa, ni las macetas de sus plantas, ni los regalos de Navidad o de mi cumpleaños que ella me dio. Todo era ella. Y ella no estaba. No quedaba nada para mí. Con su ausencia era yo el que no estaba. Una parte de mí se había marchado lejos, a un lugar donde ella estaba a mi lado. No hacían más que unas horas que se había ido y yo me sentía abandonado durante siglos. Durante tanto tiempo que solo quedan las ruinas, la maleza cubriendo mis rincones, los animales salvajes anidando en mí. 

Se ha hecho tarde

Conseguí levantarme, había vida después de todo. Débil y sin sentido, sin brillo, ni magia. Una vida en mí gris como el hormigón, y densa como el lodo. Al levantarme creí escuchar los pequeños golpes que debían de hacer los trozos de corazón al caerse al suelo. Un sonido tristemente melodioso, como el cristal cayendo encima del metal. Me miré al espejo. ¿Seguía siendo yo? Repase mi rostro, apagado, casi más que la oscuridad que reinaba en el salón producto del atardecer. Las arrugas en la frente, finas, pero ahí estaban. Minúsculas al lado de los ojos. Habían pasado los años después de todo. Tanto para ella como para mí. Ya no reíamos sin parar atrincherándonos en la cama. Ya no nos mecía el humo que a veces invadía el cuarto. Ya no nos contábamos secretos. Ni hablábamos entre susurros. Decidí dejar de mirarme en el espejo.
El siguiente paso que di fue más complicado. Me dirigí a la entrada y ahí sobre el suelo estaba la nota. Me agaché a recogerla. La abrí, la miré, la leí:

Se ha hecho tarde.

Seguía siendo la misma nota. Seguía teniendo escritas las mismas palabras. Todo volvía a empezar, un funesto Uroboros, atroz y brutal, como un cuchillo de hielo atravesando de parte a parte el alma. El trazo de las letras negras parecía un poco endeble, quise creer, como si dudara al marcharse. A lo mejor volvía, me dije. A lo mejor no era tarde. Algo en mí se agitaba ante tales pensamientos. La conocía. Sabía que si se marchaba era para no volver. Algo en mí, aun no queriendo escuchar, gritaba:

Se ha hecho tarde. 

Repasé mis fallos, mis errores, la lista de lo que nunca dije y tenía que haber dicho. Luego lo negué todo, pensé: yo siempre actué bien, ella es la culpable. Y dejé de entristecerme para dejar paso a la rabia, que al instante, se tornó en tristeza otra vez al ver sin querer una foto de ella en medio del pasillo con la colcha de la cama enroscada alrededor del cuerpo. Pasaban los segundos, segundos camicaces que chocaban contra mí y me herían al morirse. Recordaba los poemas que nos escribíamos sobre la piel, las largas tardes intentando evadir el miedo a la rutina. Reuniendo fuerzas para arrasar los días laborables de la semana de una bocanada. Sus manos ya no eran mías, ni su cuello, ni su espalda. 

Sentía el oleaje arrastrarme. Oleaje que antes resistíamos. Y todo el tiempo que habíamos pasado juntos había volado deprisa, como los cuervos que se posan en el asfalto y que espantan los coches al pasar. Los recuerdos escocían, eran como serpientes ciñéndose alrededor de mis costillas. Ahora, sin ella, estaba perdido en un inmenso desierto. Espejismos por todas partes que me devolvían la alegría. Ruido de llaves, pasos, el teléfono sonando en la casa de al lado. Pero al comprender volvía de nuevo al desierto. A vagar y vagar y vagar. Estaba preso, sin pretenderlo, y solo existía  una certeza:

Se ha hecho tarde.